Félix Romeo: metáforas de escritura obligada

Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 12 de enero de 1968​ – Madrid, 7 de octubre de 2011​)

Disfruto mucho leyendo una novela pero más todavía con el efecto que produce la acumulación de lecturas del mismo autor. Puede ser una deformación profesional del comparatista. Sólo sé que gozo viendo cómo el devenir de la vida se impone en la creación artística, de un modo tan novelesco que la realidad alcanza la textura de lo metafórico. He seguido los pasos de Roth y la decadencia del cuerpo masculino a través de una cuarentena de novelas, he compartido las obsesiones con los insectos de Tomeo en sus nouvelles y he perdido la noción de qué libro estaba leyendo con los personajes de Modiano; cada experiencia ha resultado extraliterariamente enriquecedora a su modo. Con Félix Romeo la cosa parecía sencilla, están recopiladas sus cuatro novelas en versión de bolsillo. Pero como sucede a veces, menos es más. La experiencia ha resultado una patada en la boca del estómago, por eso escupo aquí mis reflexiones. Debo aclarar que me sentí llamado por él por su amistad con Javier Tomeo, también aragonés, y por la clase de literatura que suele crearse en la periferia de las ciudades con capital cultural, cuando la creación artística se asemeja más tanto al arte termita como a la producción artística del siglo anterior. Quería dedicar aquí unas líneas de elogio y admiración hacia un autor local, realista y castizo, que falleció hace más de seis años, pues creo que las observaciones sobre esta clase de literatura tienen el derecho a seguir vigentes.

Dibujos Animados (1994) es una pieza que adelanta texturas vanguardistas y fragmentarias ya habituales de la posmodernidad y que sin embargo sirven para animar recuerdos de una dura infancia rural. Es un retrato fragmentario de lo que supuso crecer en Zaragoza durante la Transición, una propuesta arriesgada y alternativa a las prolíficas memorias que hay al respecto, en la que niños esnifan cola para olvidar sus pocos pero ya dolorosos recuerdos. Discothèque (2001) es una novela más ambiciosa, de carácter coral, en la que varios dramas familiares se mezclan en un ambiente que sigue siendo eminentemente rural. Conserva elementos posmodernos en su planteamiento, como el uso de nociones populares, por ejemplo los jugadores de fútbol, y la tipología de personajes marginales, maltratados, a la deriva. Con especial énfasis en la crudeza de la sexualidad de dichos personajes, desde la pareja de actores porno pasando por la vida de una transexual o la atmósfera de un peep show de provincias. Shakesperianos fantasmas pululan por sus páginas y como profetas advierten de las desgracias durante la Noche de Reyes. Por último, la fijación en las colonias africanas transmite la sensación de otra época que sigue haciéndose presente, un aire del tiempo propio de la Transición que Romeo aprovecha en las dos novelas, dejando en el canon dos propuestas novedosas en este tema tan trabajado.

Y entonces es cuando la realidad, o al menos una de sus peores facetas, se impone al mundo suprasensible para crear una tercera dimensión intermedia. El bloqueo artístico del autor que llega a un considerable reconocimiento en editoriales prestigiosas, el paroxismo del folio en blanco, se entremezcla con la horrible noticia del suicidio de un amigo (“Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo”). Surge aquí una pieza de carácter traumático -el arte como sublimación de los males internos- que lejos de la postura naíf del narrador ingenuo se crece con todos los elementos vanguardistas con los que había trabajado hasta la fecha, mutando así el narrador sentimental (un creador conciente del panorama artístico) en esa tercera categoría de la que os estaba hablando, en la que trauma y canon crean una literatura actual, visceral y capaz de redimir conciencias. Ni todas las técnicas del mundo podrían igualar el dolor crudo con el que Romeo se plantea los interrogantes propios de las amistades de un suicida; ni todo el dolor del mundo sería legible sin los artificios literarios que lo hacen comprensible. Amarillo (2008) es una oda en la que recuerdos y motivos se imponen a golpe de frases cortas y repeticiones, como si la narrativa fuera un puro interrogante a un público sin respuestas. El autor se muestra sin ningún tipo de pudor, tanto en lo que respecta a la propia conciencia como en lo que atañe a los problemas de su amigo con las erecciones. La vida dura y la crudeza de la sexualidad son el panorama de fondo de las novelas de Romeo, sin quererlo, pura imposición de sus vivencias. Los problemas de erección son desnudados sin tapujos, copiados y pegados prácticamente de los textos originales, pues todo parece poco para expresar la rabia del hombre que no puede follar, una presencia y lectura psicoanalíticas que sin duda forman parte de las exégesis propias de nuestro milenio. Sin embargo todos estos golpes de efecto se asemejarían a los de un informe si no fuera por esos gestos novelescos, como la omnipresente lluvia que cubre sus páginas para desaparecer en las últimas líneas. Barcelona aparece pues en una de sus perversas dimensiones, el sueño de una vida mejor para la gente de provincias y extrarradio, una máquina que devora esos sueños hasta convertirlos en pesadillas de supervivencia y soledad. Por último, sin grandes aspavientos, la confesión metatextual, la revelación de recuerdos de infancia y el modo en que aparecían ficcionalizados en Dibujos Animados, la autoconciencia de sus líneas con respecto a la dificultad, sino imposibilidad, de tratar el tema del suicidio.

Por último, parece que hay cosas deshechas que ni el más poderoso demiurgo puede recomponer, como un rompecabezas pasto de las llamas. La frescura del autor novel cristaliza en dudas ontológicas con respecto a las engañosas palabras, al vicio que supone la escritura. Surge entonces esa clase de piezas tan escépticas con el lenguaje como Noche de los enamorados (2012), publicada póstumamente tras un paro cardíaco el 7 de octubre de 2011, con 43 años. Aquí se trata del caso de homicidio imprudente de Santiago Dulong, con quien compartió celda cuando fue condenado por insumisión en la prisión de Torrero (Zaragoza), pena de la que cumpliría año y medio (1995-1996). El asesinato de la segunda esposa de éste -María Isabel-, juzgado con toda clase de atenuantes por la aparente condición de alcohólica y fulana de la víctima, es una injusticia que se convierte en clamor en las páginas de la novela, que transpira la impotencia de quién contempla una vida destruida por la incompetencia de los hombres. El grito de justicia es un bramido por todas aquellas mujeres silenciadas víctimas de la violencia de género, anónimas y olvidadas, tachadas de infieles y denigrado su recuerdo por los que fueron sus verdugos. Su estilo entremezcla un aire periodístico que destila la confusión que respira la burocracia, con citas de autos y del boletín oficial del estado, con enumeraciones novelísticas que ya practicaba en sus primeras novelas. Las experiencias traumáticas que se imponen en esta ocasión son ese mitigado intento de justicia, al menos en el reino de las palabras, y la experiencia carcelaria, que define como un purgatorio, y que hace resaltar ciertos fragmentos o motivos de las anteriores novelas, como la confesión del homicidio de su esposa del camionero de Discothèque, un calco de la confesión de Dulong. El autor se convierte también en detective cuando rebusca entre publicaciones de cofradías y en el registro civil, otorgando así cierta tensión narrativa a la descripción con retazos de sentencias y noticias de diarios aragoneses, y en un asustado novelista cuando confiesa sus primeras experiencias como autor contrapuestas a la extenuación o cansancio que siente en la redacción de Noche de los Enamorados, en la que parece que debe escribir cada palabra como esculpiéndola con un cincel. Sangre, sexo y malas pasiones se entremezclan en este auto de San Valentín que culmina en la trayectoria de un autor que a lo largo de las cuatro novelas muta del juego con el realismo a la más combativa versión del mismo, como obligado a ello, como si las palabras y la vida hubieran conspirado para redirigir su recorrido artístico, un legado que sin duda hay que atender para comprender la fenomenología de la escritura en español a inicios del milenio. Novelas en nombre de los muertos, sexo para la soledad y palabras exorcizadas de memorias maltratadas.

Entrevista publicada en El Mundo:

http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2001/03/181/

12. Seguro que tiene algún vicio inconfesable pero ¿uno confesable?

soy del real zaragoza
soy fetichista perdido
juego a la primitiva
voy llenando casa tras casa de libros
(en especial de autores freaks)
como chicles
a veces abro páginas porno en la red
me siento culpable por casi todo
etc. etc.

15. ¿Te confunden mucho con Javier Tomeo?

javier tiene 70 años
yo 33
javier es un gran escritor
yo no
(jajajajjajaj)
javier es como mi hermano pequeño
un estupendo escritor con un mundo propio
que ya me gustaría conseguir alguna vez
¿novelas para leer de javier?
amado monstruo
el castillo de la carta cifrada
el crimen del cine oriente
disfruta!

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